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SANTO TORIBIO DE LIEBANA |
DEL MONASTERIO DE SANTO TORIBIO
Más información en http://cantabriainter.net/liebana
En
el seno de la zona más abrupta y elevada de la Cordillera Cantábrica,
allá en el recóndito lugar donde confluyen los límites
de Cantabria, Castilla y León, y Asturias, se cobija una comarca
insólita y singular, La Liébana.
El
insospechado paraíso rodeado de altísimas montañas fué
refujio de los últimos cántabros resistentes a Roma,
acogidos al monte Vindius, así como vericueto donde fueron
exterminados los moros supervivientes de Covadonga y promesa de seguridad
para los hispanorromanos y visigodos fugitivos de las mesnadas árabes
contra la invasión de la Península Ibérica del año
711. Aquellas gentes, portadoras de fe y cultura, hallaron reposo y modo
de vida en este recoleto enclave tan eficazmente defendido por la
Naturaleza, donde no tardó mucho en desarrollarse uno de los más
destacados focos del monacato entre los del Norte de España.
Dice
la tradición que, habiendo encontrado el santo fundador resistencia
en los lebaniegos, para que le ayudaran a construir la primera iglesia del
monasterio, se retiró abatido a los bosques cercanos. Mientras
deambulaba sumido en sus meditaciones, topó con la feroz pelea
entre un rubusto buey y un gran oso, acercóse a ellos y con sólo
la palabra logró el milagro de amansar la ferocidad y ganar la
voluntad de las bestias, que consintieron en uncirse juntas para acarrear
la piedra con que levantar el sagrado recinto. En sendos capiteles del ábside
mayor de la iglesia actual se representan las toscas cabezas de esos dos
animales, motivo que se repite en otros tantos del coro, al otro extremo
de la nave central.
EL MONASTERIO DE SAN MARTIN DE TURIENO Y BEATO DE LIEBANA
Al
pie del colosal macizo rocoso de los Picos de Europa, en el mismo corazón
de la Liébana, pronto destacó un monasterio entre los muchos
que salpicaron la comarca, el de San Martín de Turieno, acogido a
la ladera del monte Viorna. En este cenobio, cuyos orígenes se
pierden en la ausencia de documentos escritos, avanzado el siglo VIII
surgió un monje de carácter enérgico y nombre Beato,
quien dedicó su inteligencia y valor a polemizar con éxito
contra la heretica doctrina "adopcionista" sostenida nada menos
que por el Metropolitano de España, arzobispo de Toledo, y otros
insignes obispos, para asombro y maravillado respeto de los más
cultos hombres de la corte de Carlomagnmo y de toda la Europa cristiana.
Muchas copias se hicieron de los textos que escribió Beato, entre
los que destacan por la gran notoriedad y difusión alcanzada el
conocido con el nombre de Comentarios al Apocalipsis, o simplemente "Beato",
cuyos códices fueron enseguida ilustrados con magníficas
miniaturas que adornaron las mejores bibliotecas de Occidente. Además
del enérgico Apologético, escribio también un himno
asumido por la liturgia mozárabe en que, por primera vez en España,
se defendía la idea de la predicación en la Península
de Santiago el Mayor, lo que fue premonición y vanguardia del casi
inmediato hallazgo de la tumba atribuida al apóstol en Compostela y
del orígen de las consiguientes peregrinaciones jacobeas.
SANTAS RELIQUIAS Y CAMBIO DE NOMBRE
La
tradición sitúa la fundación del monasterio de San
Martín de Tours (en lengua vernácula turieno) en la época
visigoda, allá por el siglo VI, cuando el obispo de Palencia,
Toribio, andaba por las montañas de Cantabria misionando entre los
paganos que entonces las poblaban. No obstante, debió de ser a
partir de la invasión árabe cuando fue eriquecido con el
aporte de preciosas reliquias traídas desde el Sur, seguramente,
tal como relata la Crónica, por los cristianos rescatados a
mediados del siglo VIII por Alfonso I de Asturias, en razzias por la
Meseta castellana o por quienes les siguieran los pasos. Entre todas las
reliquias aquí recogiadas, la más preciada fue siempre la de
Vera Cruz, o Lignum Crucis en latín, el mayor trozo conocido de la
Cruz de Cristo.
Otro
obispo de sede no muy lejana, Santo Toribio de Astorga, famoso luchador
contra la herejía prisciliana, había traído
abundantes reliquias cuando en el siglo V peregrinó a Tierra Santa,
entre las que es posible que se encontrara la Vera Cruz lebaniega,
desplazada hasta estas montañas con el propio cuerpo del santo para
salvarla de la destrucción árabe. Sea como fuere, la tradición
tiene dudas a la hora de identificar al actual patrono del monasterio
entre el misionero obispo de Palencia y el peregrino titular de Astorga.
Sabemos que por el siglo XI los monjes de la ya abadía de San Martín de Turieno seguían la regla de San Benito y que entre sus tesoros espirituales se encontraba el cuerpo de Santo Toribio. Durante la siguiente centuria, los documentos conservados denominan indistintamente al monasterio como de San Martín o de Santo Toribio, nombre este último que acabó prevaleciendo. Terminado aquiel siglo, perdió la abadia su independencia, al convertirse en priorato de de la burgalesa San Salvador de Oña.
LAS PEREGRINACIONES
El
orígen de la corriente de peregrinos a Santo Toribio de Liébana
se pierde en la penumbra de noticias de los lejanos tiempos medievales,
pero hay indicios muy tempranos, pronto convertidos en evidencias, de la
presencia de gentes venidas de remotas tierras para rendir culto al madero
de la Cruz y al cuerpo del santo milagrero, sepultado bajo policromada
efigie en medio de la iglesia del monasterio. Es muy posible que fuera ese
fervor popular, consolidado por las eficaces intersecciones del santo, lo
que motivara el cambio de nombre.
El rey Alfonso XI de Castilla otorgó licencia, en 1.328, para que los monjes de Santo Toribio pudieran recaudar limosna por todo el reino, lo que éstos sin duda, aprovecharían para extender por donde quiera la devoción a su santo patrón. Por aquellos años ya existía en el monasterio un hospital, llamado de San Lázaro, para atender a los enfermos que llegaban buscando la curación en el contacto con las reliquias.
Fue el papa renacentista Julio II quien dio definitiva carta canónica de naturaleza las peregrinaciones cuando, en 1.512, otorgó la bula por la que quedaba establecido el jubileo de una semana a quienes llegaran al santuario los años en que, la fiesta de Santo Toribio coincidiera en domingo. Dicho privilegio fue ratificado por su sucesor León X al año siguiente.
Pero
a este monasterio no sólo acudían peregrinos los años
de jubileo, sino que, por lo menos desde el siglo XVI, eran muchas las
familias de enfermos mentales que hasta aquí viajaban como romeros,
en la esperanza de recuperar a sus deudos, dada la fama traumatúrgica
para la cura de "endemoniados" alcanzada por el Lignum Crucis y
el cuerpo del santo. Además, el santuario de Santo Toribio era
final de etapa y jalón en uno de los ramales caminero de las rutas
jacobeas, aquel que desde el puerto de San Vicente de la Barquera conducía
a los peregrinos al llamado "Camino Francés", con destino
a Compostela.
El papa Montini, Pablo VI, en bula concedida el año de 1967, amplió el viejo privilegio del jubileo semanal a todos los dias del año comprendidos entre el de la fiesta coincidente en domingo y la del mismo patrón de La Liébana del año siguiente, tal y como hoy se aplica. Así desde el 16 de abril, día en que se abre la Puerta del Perdón por el obispo de la diócesis, ante la multitud de peregrinos congregados para la ocasión, hasta la consumación de un año completo, las gentes venidadas de todas partes tienen la oportunidad de alcanzar la indulgencia plenaria para la remisión de la pena por sus pecados. Pocos lugares en el mundo cristiano gozan de tales prerrogativas, entre ellos Jerusalen, Roma y Santiago de Compostela. La pia intención de conseguir el jubileo se complementa con la también excepcional oportunidad de disfrutar de unos paisejes, un arte, unas costumbres, una gastronomía y un trato de los hospitalarios labaniegos verdaderamente singulares.
ARTE Y ARQUITECTURA EN SANTO TORIBIO
El primitivo monasterio estuvo rodeado de todo un
conjunto de capillas y minísculas ermitas, algunas de ellas
semirrupestres, salpicadas por las cercanas cumbres y laderas, donde se
retiraban los monjes en sus penitencias. Actualmente pueden visitarse a la
vez que se disfruta de umbrosos paseos y preciosos paisajes.
A mediados del siglo XIII se inició la construcción de la
actual iglesia, en estilo gótico monástico de sobria
influencia cisterciense, sobre la anterior románica, de la que aún
pueden verse estimables retos. Consta de tres diáfanas naves, la
central más elevada que las laterales, que se rematan por otros
tantos ábsides poligonales; todo ello cubierto con bóvedas
de crucería. A los pies de la iglesia se alza robusta torre de
campanas y dos portadas de aspecto arcaizante se abre en la fachada
meridional. Ya en el siglo XVII se renovó y amplió
considerablemente el monasterio, fue entonces cuando se levantó el
sobrio claustro de tradición herreriana que hoy podemos contemplar.
A comienzos de la centuria siguiente se labró con dineros indianos
la primorosa capilla barroca del "Lignun Crucis", rematada por
airosa linterna poligonal sobre pechinas.
Forzado el abandono tras las desamortizaciones de bienes eclesiásticos del pasado siglo, los edificios sufrieron un serio proceso de degradación, a pesar del cuidadoso respeto con que procuraron evitarlo los devotos vecinos. La restauración del conjunto hubo de esperar a los años 1.957-1961, en que se llevó a cabo por el organismo oficial de Regiones Devastadas.
Aparte de los propios edificios y sus talladas piedras, tres elementos merecen destacarse del actual patrimonio mueble de la iglesia; la gótica imágen yaciente de Santo Toribio en madera policromada, actualmente situada en el ábside del Evangelio; el magnífico camarín donde se cobija el "Lignum Crucis", diseñado en 1.705, y la carcasa de plata sobredorada que envuelve al sagrado madero, realizada por orfebres de medina de Rioseco en 1.778.