REPORTAJE Tiempos pasados
Publicado por el Diario Montañes
(24 de Enero de 1.999)
La tierra de los
indianos
Soba, Ruesga y
Arredondo conservan la memoria de sus benefactores casi un siglo después
IÑIGO FERNANDEZ /
MARIO CERRO ARREDONDO / SOBA / RUESGA
La iglesia de Arredondo fue construida a finales del siglo pasado con las donaciones de un indiano. La Casa Consistorial de Soba fue edificada a principios de éste con dinero procedente de América. También las escuelas de Valle (Ruesga) y Hazas (Soba) lo fueron, como tantos otros edificios públicos de la zona, y por eso recuerdan en sendas placas quiénes fueron sus benefactores. Ha pasado el tiempo, han cambiado los modos de vida y ya nadie gasta su fortuna en la construcción de una escuela, una iglesia o un ayuntamiento. Sin embargo, pasará mucho tiempo antes de que Soba, Ruesga y Arredondo dejen de ser la «tierra de los indianos».
Dicen que las aguas de los ríos siempre regresan a su cauce; que por mucho que se las desvíe de su curso original, acaban manifestando con el tiempo una cierta «querencia» por el lugar del que fueron desalojadas; que se comportan como si llevaran escrito en su destino que ese, y sólo ese, es el camino que les ha sido marcado para toda su existencia.
Algo similar ocurre con las personas. Aquellas que salen de su pueblo en busca de trabajo y oportunidades, a menudo terminan regresando a la tierra que los vió nacer para pasar allí los últimos años de su vida. Como las aguas, las personas manifiestan también una «querencia» por la tierra de sus orígenes. Es uno de los rasgos más característicos de la naturaleza.
Paradigma de ese manera de comportarse han sido los indianos. Eran gentes «arrojadas» de su pueblo por la situación económico-social y a quienes no les faltaba una fuerte carga de valentía, si no de osadía. Sin nada mejor que hacer aquí, preferían arriesgarlo todo en México o Cuba antes que conformarse con arrastrar una mediocre existencia en su propio pueblo. Pasados los años, regresaban al punto de partida para presentar cuentas ante sus convecinos, hacer repaso de sus éxitos y sus fracasos y, llegado el caso, colocar en el balance de su vida los activos y los pasivos, si es que la existencia humana puede interpretarse de un modo tan sencillo como se hace con las empresas. Si el balance de aquel individuo era positivo y de su riqueza dejaba algo para los demás, automáticamente se convertía en un indiano.
Dicen también que aquellas gentes respondían todas ellas a un mismo patrón. Eran extravagantes, no rebosaban cultura pese a su holgada situación económica y, sobre todo, vivían obsesionados por demostrar que habían triunfado. . Estaban en su perfecto derecho de comportarse así. Al fin y al cabo, la vida no les había regalado nada: se lo habían ganado a pulso.
A caballo entre los dos siglos
El más famoso de los indianos fue don Ramón Pelayo, promotor del hospital «Marqués de Valdecilla» y autor de la principal donación para la construcción del palacio de la Magdalena. Hubo otros muchos en distintas zonas de Cantabria, pero sin duda donde más proliferaron fue en la zona alta del Asón, y en particular en los municipios de Arredondo, Soba y Ruesga.
El hecho de los indianos es característico de las décadas finales del siglo pasado y de las primeras de este, hasta la Guerra Civil. Viejos edificios, antiguas escuelas de pueblo, iglesias remozadas e imponentes casas consistoriales son algunas muestras de la obra que aquellas gentes legaron a la posteridad en beneficio de sus convecinos. Por eso los pueblos de Veguilla, Hazas, Valle, Ogarrio o Arredondo conservan numerosas placas en recuerdo de la obra social que sus indianos construyeron para los demás.
Una de aquellas placas permanece en la fachada principal de la iglesia de Arredondo. Está dedicada «al insigne patricio don Antonio Gutiérrez Solana», que financió las obras de la nueva iglesia, con su imponente torre. En otra figura esta leyenda: «El pueblo de Valle agradecido a don Andrés Cano Diego». Aparece junto a las viejas escuelas de Valle. Hay dedicatorias similares en numerosos edificios públicos de toda la zona.
Sólo quedan las placas
Sin embargo, del modo de vida de los indianos, de sus fortunas y sus costumbres, subsiste poco más que las placas y algunos edificios. Todavía hay vecinos que conservan familiares en México, pero cuando estos visitan su lugar de origen se comportan igual que cualquier veraneante. Ya no son los benefactores del pueblo ni hacen alarde de su riqueza. Es otro modo de comportarse.
Don Ramón, un viejo maestro que durante cuarenta años enseñó a leer y escribir a los niños de Bustablado (Arredondo), Valle (Ruesga) y Ramales de la Victoria, recuerda con cierta nostalgia cómo era el espíritu de aquellos indianos. Considera que es una figura que surgió en un momento histórico muy concreto. A su juicio, fue la situación económica del momento la que provocó aquel éxodo masivo entre los jóvenes de los pueblos. «Muchos también se fueron -añade- para evitar ir a las guerras de Africa». Después de la Guerra Civil todavía marchó gente, pero ya por razones políticas. Ni en la marcha ni en el regreso se comportaron como indianos.
Asegura el anciano maestro que «siempre hacían alarde de su fortuna: construían grandes casas e invitaban a todo el pueblo». Luego, las condiciones de vida mejoraron en España -ya no era necesario emigrar a América, aunque otros se fueron a Alemania- y por otro lado las economías mexicana, venezolana o argentina no mantuvieron la fortaleza de los tiempos anteriores. En estas condiciones, ni resultaba tan fácil hacer negocios allí, ni la conversión de la moneda permitía hacer aquí grandes excesos a quienes poseían una gran fortuna en «pesos». Fue el fin de los indianos.
Ha pasado el tiempo, pero todavía se conservan algunas cosas. Por ejemplo, el edificio donde tiene su sede el Ayuntamiento de Soba, que llama la atención por su alta e imponente torre y que fue erigido con dinero de los indianos. Dos obreros trabajan estos días en sus inmediaciones con objeto de acondicionar la plaza. Quedará muy bonita cuando terminen. También ellos saben, como el viejo maestro, que los indianos construían escuelas en los pueblos. La mayoría están ya en desuso, aunque en algunos lugares hay proyectos para recuperar la utilidad social de aquellos viejos inmuebles.
Los dos obreros son jóvenes y apenas conocieron los hábitos de aquellos personajes. Tampoco saben si todavía vive en el lugar alguno de sus descendientes. Pocos o ninguno deben quedar en Soba y en Ruesga.
Explicaciones posibles
«Quizá hacían las obras porque no tenían a quien dejárselo», comenta uno de ellos. Otra explicación puede ser que sus hijos o nietos marcharan a vivir a Santander, Bilbao o Madrid. Con cierto dinero y la posibilidad de abrir algún negocio, quizá pensaron que la vida de la ciudad reunía más y mejores comodidades que la del pueblo. Ese puede ser otro argumento que justifique la práctica desaparición de aquellas estirpes. Quién sabe.
Sea como fuere, los cierto es que de los indianos de Arredondo, Soba y Ruesga quedan algunas de sus viviendas, los edificios públicos que construyeron, las placas colocadas en su memoria y queda, cómo no, el recuerdo de un modo de vida que ya pasó a la historia, pero ya no es posible encontrarse con aquellos hombres altivos, de traje blanco y sombrero, que bajaban de un coche enorme y llegaban a la bolera diciendo «que sirvan vino para todo el pueblo». Dejará de haber cántabros en México; dejará de haber quien haga fortuna en América; y dejará de haber quien gaste parte de ella en distintas mejoras en el pueblo. Pero aquella vieja figura del viejo indiano ha pasado para siempre a la historia.